Diseñadores, ingenieros y arquitectos necesitan visualizar el trabajo que realizan en el ordenador con modelos reales que puedan tocar y manipular. Tradicionalmente, esta visualización se ha realizado con maquetas manufacturadas, laboriosas de producir y con un gran coste económico. Hasta hace muy poco, era impensable la idea de enviar los datos 3D generados con un programa CAD directamente a una máquina capaz de “imprimir” un modelo real por secciones horizontales, como si de una impresora doméstica se tratara. Ahora es posible.
Las impresoras 3D utilizan dos componentes básicos para “imprimir” los prototipos rápidos: un composite especial (material en polvo) y una “tinta” que tiene la propiedad de compactar el composite. El área de trabajo es una superficie de 25 x 35 cm. (según modelo) sobre la que se deposita el composite uniformemente y, posteriormente, varios cabezales de inyección de tinta (similares a los de una impresora doméstica) lanzan la tinta de distintos colores sobre la sección del modelo a compactar. La impresora 3D “imprime” dos capas de entre 0,089 mm y 0.203 mm cada minuto hasta un máximo de 20 cm de altura (el tamaño máximo de la cubeta).
Cuando ha terminado la impresión y el modelo está completo, el composite sobrante se aspira y se recicla para futuros usos, dejando el modelo limpio y libre de residuos. En este etapa del proceso, la pieza es todavía fragil y debe manipularse con cuidado. Para darle el acabado final, es necesario infiltrarla (sumergirla) en uno de los distintos infiltrantes adhesivos especiales, que incrementan la dureza y resistencia de la pieza del prototipo hasta que éste puede ser manipulado sin ningún tipo de precaución especial.

La tecnología de impresión 3D se diferencia de otros métodos de creación de prototipos (como la creación de modelos mediante inyección de plástico) en varios puntos fundamentales.
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